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PRI AL BORDE DEL COLAPSO: MUNICIPALES HUYEN, LA DIRIGENCIA SE ATRINCHERA Y EL BARCO TRICOLOR SE SOSTIENE SOLO POR INERCIA

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) atraviesa en Veracruz uno de los momentos más críticos de su historia reciente. Su debilitamiento ya no es una percepción: es un hecho visible, medible y cada vez más difícil de ocultar. Mientras la cúpula insiste en ratificar a Adolfo Ramírez Arana como dirigente estatal —sin renovación, sin autocrítica y sin rumbo—, los cuadros con poder territorial abandonan el partido y buscan refugio en la fuerza dominante.

La señal más reciente y elocuente de esta descomposición política es la salida de Pablo Martínez Ortiz, presidente municipal de Cosautlán de Carvajal, quien rompió con el PRI para incorporarse abiertamente a Morena, arropado por el coordinador de la Junta de Coordinación Política del Congreso de Veracruz, Esteban Bautista Hernández.

Martínez Ortiz no solo dejó al partido que lo llevó a la alcaldía; lo hizo sin disimulo y sin pudor político, justificando su salto de siglas con un discurso de “admiración” hacia la gobernadora Rocío Nahle García. El mensaje es claro: el PRI ya no ofrece futuro, ni protección, ni proyecto, mientras que Morena se consolida como el nuevo centro de gravedad del poder en Veracruz.

El trasfondo resulta aún más revelador. Antes de llegar al PRI, Martínez Ortiz había buscado ser candidato de Morena, pero fue desplazado por criterios internos. El tricolor lo recibió, lo postuló y lo llevó al cargo. Hoy, ya con la investidura municipal en mano, regresa al partido que inicialmente lo rechazó, evidenciando no solo oportunismo político, sino también la fragilidad estructural del PRI, incapaz de retener siquiera a quienes gobiernan bajo sus siglas.

Este episodio no es aislado. Es parte de una fuga sistemática de cuadros, de una sangría política que avanza sin que la dirigencia estatal parezca comprender la magnitud del problema. La ratificación de Ramírez Arana, lejos de fortalecer al partido, acentuó la percepción de inmovilidad, de un liderazgo desconectado de la realidad electoral y territorial.

La pregunta es inevitable y brutal:

¿Qué autoridad moral o capacidad de convocatoria puede tener un partido cuyos alcaldes prefieren desertar antes que reconstruirlo desde dentro?
El viejo adagio popular cobra vigencia con crudeza: cuando hasta las ratas abandonan el barco, es porque el hundimiento es inminente. En Veracruz, el PRI ya no pierde elecciones: pierde identidad, pierde militancia y pierde sentido histórico.

El barco tricolor aún flota, pero no por fortaleza propia, sino por pura inercia. Falta ver si su capitán optará por enfrentar la tormenta o si, como muchos antes que él, decidirá hundirse con la nave mientras observa cómo el poder se traslada definitivamente a otras costas.

Lo cierto es que el PRI ya no enfrenta una crisis coyuntural, sino una crisis existencial. Y cada deserción, cada renuncia y cada migración política confirman una verdad incómoda: el partido que alguna vez gobernó Veracruz hoy lucha, simplemente, por no desaparecer del mapa político.

Redacción Reportaje Veracruzano

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