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CUMBRE TAJÍN 2026: ENTRE EL VACÍO, LA MEMORIA DEL SAQUEO Y LA SIMULACIÓN OFICIAL

Papantla, Veracruz.— Lo que ocurre hoy con la Cumbre Tajín no puede entenderse sin revisar a fondo su pasado reciente. La edición 2026 no solo confirma la caída del festival: también revive una historia de abandono, recortes y, en su momento, presuntos saqueos que marcaron su debilitamiento.

El arranque fue desolador. El primer día pasó prácticamente inadvertido, con una asistencia muy por debajo de otros años. El silencio dominó un espacio que antes vibraba con miles de visitantes en torno a la zona arqueológica de El Tajín.

El segundo día tuvo un ligero repunte con la presentación de Yuridia, pero el aumento de público fue insuficiente para ocultar la realidad: ni de lejos se alcanzaron los niveles de convocatoria de las ediciones con carteleras sólidas y diversas.

Pero el deterioro de la Cumbre no empezó con la baja asistencia de este año. Tiene raíces más profundas. Durante el sexenio de Javier Duarte de Ochoa, diversas denuncias públicas y señalamientos periodísticos apuntaron al manejo opaco de recursos destinados a eventos culturales, incluida la propia Cumbre Tajín. Aquel periodo dejó una marca difícil de borrar: la sospecha de que el presupuesto cultural fue utilizado con fines ajenos a su propósito original.

Tras ese episodio, lejos de reconstruirse con visión, el festival entró en una etapa de desgaste progresivo. Con Miguel Ángel Yunes Linares y posteriormente Cuitláhuac García Jiménez, la Cumbre dejó de ser una apuesta estratégica y comenzó a operar más por inercia que por convicción.

Hoy, bajo la administración de Rocío Nahle García, el problema no solo persiste: se agrava. La reducción del evento —menos días, menor cartelera, escasa promoción— evidencia una falta de visión que termina por asfixiar lo que alguna vez fue un proyecto cultural emblemático.

El impacto ya no es solo simbólico. En el Totonacapan, la derrama económica se debilita año con año. Hoteles con ocupación limitada, comercios sin el flujo esperado y un Parque Takilhsukut que permanece gran parte del año en condiciones de abandono funcional.

A esto se suma el factor de inseguridad en la región, que deteriora la percepción y ahuyenta visitantes. Sin condiciones de confianza, sin promoción y sin una cartelera atractiva, el resultado es inevitable: un festival que se achica.

La Cumbre Tajín 2026 no solo es reflejo de un evento en decadencia. Es el espejo de una cadena de decisiones —y omisiones— que atraviesan sexenios: desde los excesos y presuntas irregularidades del pasado, hasta la falta de rumbo del presente.

Hoy, lo que queda no es la grandeza de un proyecto cultural, sino los restos de lo que alguna vez fue. Y la pregunta que flota en el aire es incómoda pero necesaria: ¿quién va a rendir cuentas por haber dejado caer uno de los símbolos más importantes de Veracruz?

Redacción Reportaje Veracruzano

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