Tlalixcoyan en la mira: ¿Patrimonio cultural o venganza política? La escultura “Yaocíhuatl” desata una batalla entre el poder municipal y el gobierno federal

Tlalixcoyan, Veracruz.— En un episodio que exhibe con crudeza las miserias de la política local, la polémica por la posible destrucción de la escultura “Yaocíhuatl” —Mujer Guerrera— ha escalado hasta el más alto nivel del poder federal. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ordenó a la titular de la Secretaría de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, revisar la intención del actual ayuntamiento de Tlalixcoyan de retirar o incluso destruir el monumento erigido apenas hace un año.
La obra fue inaugurada el 10 de marzo de 2025 durante la administración de la entonces alcaldesa panista Elvia Illescas Loyo. Desde su origen estuvo rodeada de un discurso simbólico: el supuesto homenaje colectivo a las mujeres del municipio. De acuerdo con la versión oficial de aquel momento, se tomaron fotografías de unas 200 mujeres tlalixcoyanas para moldear el rostro de la figura, que representaría a la mujer guerrera del pueblo.
Pero la narrativa pronto se contaminó de suspicacias.
En los pasillos políticos y entre los propios habitantes comenzó a circular una observación incómoda: la escultura guarda un notable parecido con la propia exalcaldesa Illescas Loyo. Coincidencia artística o gesto de culto personal disfrazado de homenaje colectivo, la duda nunca terminó de disiparse.
Ahora, un año después, el poder municipal cambió de manos y con él también la tolerancia hacia la polémica figura.
La actual presidenta municipal, Bertha Adriana
Lagunes Sánchez, militante de Morena —aunque con pasado político ligado al fidelismo— pretende retirar la escultura junto con la jardinera donde se encuentra instalada. El argumento oficial parece, cuando menos, endeble: la estructura, según el ayuntamiento, obstruye el paso de los carros alegóricos durante el carnaval del municipio.
La explicación, sin embargo, no termina de convencer.
En Tlalixcoyan muchos observadores perciben algo más profundo que un simple problema de logística festiva. Lo que se respira es una disputa política que intenta resolverse a golpes de demolición simbólica.
Si el monumento nació envuelto en sospechas de autopromoción política, su eventual destrucción tampoco escaparía a la misma lógica. Borrar el símbolo del gobierno anterior para imponer el propio sello de poder: una práctica vieja en la política mexicana que se repite generación tras generación.
La intervención del gobierno federal añade otro nivel de tensión. La orden presidencial de revisar el caso podría terminar en dos escenarios igualmente controvertidos: respaldar la eliminación del monumento o reubicarlo en un lugar menos visible. En cualquiera de los dos casos, el resultado sería similar: desactivar un símbolo que incomoda políticamente.
El fondo del asunto es inquietante.
¿Se trata realmente de una decisión urbanística para facilitar el paso de carros alegóricos, o estamos ante una vendetta política disfrazada de reordenamiento urbano?
En un municipio donde los recursos públicos son escasos y las prioridades sociales abundan, la energía institucional parece concentrarse en decidir el destino de una escultura. Una pieza que, paradójicamente, pretendía honrar a las mujeres de Tlalixcoyan y que hoy termina convertida en trofeo de una disputa de poder.
Porque cuando un monumento se vuelve incómodo para quien gobierna, la tentación de borrarlo del paisaje suele ser grande.
La pregunta que queda flotando sobre Tlalixcoyan es brutalmente simple:
¿se busca proteger el interés público… o simplemente borrar la huella del adversario político?
Redacción Reportaje Veracruzano



