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INFIERNO NEGRO EN LAS CHOAPAS: PEMEX DESATA ECOCIDIO, MATA FAUNA Y DEJA A COMUNIDADES ENTERAS ENVENENADAS Y ABANDONADAS

Las Choapas, Veracruz.

En la sierra de Las Choapas no ocurrió un accidente: ocurrió un colapso ambiental con responsables claros. Lo que durante décadas fue un territorio de aire limpio, agua viva y equilibrio natural, hoy es un paisaje intoxicado por hidrocarburos, humo persistente y muerte. Y en el centro de esta devastación aparece un nombre que se repite en cada testimonio: Petróleos Mexicanos.

El 5 de marzo, una explosión en el pozo exploratorio Krem-1EXP —en plena fase de perforación a más de 3 mil metros de profundidad— rompió la tranquilidad de comunidades como El Nacimiento de Arroyo Grande. La fuga de gas desató un incendio que ardió durante dos días. Luego vino una segunda explosión. Pemex declaró el incidente “controlado”. La realidad en campo desmiente esa versión.



A más de dos meses, el fuego sigue vivo.
El humo no se ha ido.

Y la muerte ya comenzó a contabilizarse en silencio.
Cruz Jiménez, ejidatario de 67 años, lo dice sin rodeos: el aire quema la garganta, el paisaje se volvió irrespirable y la incertidumbre es total. La escena es brutal: montañas cubiertas por una cortina gris, un pozo aún encendido liberando gas y comunidades enteras caminando entre residuos tóxicos sin protección ni respuestas.

Pero el daño no se queda en el aire.
Bajo esa nube, el ecocidio fluye.

El arroyo Armadillo —fuente vital para al menos doce comunidades— se ha convertido en un canal de contaminación. El hidrocarburo corre entre el agua, se estanca en las orillas y avanza sin control pese a las supuestas medidas de contención. Peces muertos, mojarras flotando, camarones sin vida y aves que caen del cielo componen una escena que los pobladores documentan con rabia e impotencia.

No es percepción. Es evidencia.

“Luego dicen que exageramos, pero aquí están los peces muertos”, reclaman los ejidatarios mientras los colocan frente a cámaras como prueba de un desastre que nadie quiere reconocer oficialmente.

Las llamadas barreras oleofílicas —instaladas por personal con overoles naranjas— son, en palabras de los habitantes, una simulación técnica. El crudo pasa por encima y por debajo. El avance del contaminante no se detiene. Se contiene en bolsas de plástico, como si el desastre pudiera empacarse y desaparecer.
Pero no desaparece.

Se expande.

Y amenaza con escalar.

El arroyo Armadillo conecta con el Arroyo Grande, un sistema hídrico mayor del que dependen miles de personas: ganaderos, campesinos, pescadores. Si la contaminación llega a ese punto, el impacto dejaría de ser local para convertirse en una crisis regional de gran escala.



Mientras tanto, el daño ya golpea la economía y la salud. Ganado que pierde crías, animales que no pueden beber agua, familias que ya no pueden usar el recurso más básico. La vida cotidiana quedó suspendida en una zona donde el Estado simplemente no está.

Porque aquí hay otro elemento que agrava la tragedia: el abandono institucional.

Ni autoridades federales ni estatales han pisado la zona para dar la cara. No hay planes de remediación visibles, no hay atención integral, no hay claridad. Solo comunicados. Solo declaraciones. Solo una narrativa oficial que insiste en el “control” mientras el territorio arde y se contamina.

Los pobladores lo dicen con claridad: no hay confianza.

Y tienen razones.

Porque cuando una empresa del tamaño de Pemex reconoce explosiones pero no logra detener sus consecuencias; cuando el fuego sigue activo semanas después; cuando los ríos se contaminan y la fauna muere sin que exista una respuesta contundente; cuando miles de personas quedan expuestas sin atención… ya no se trata de un incidente técnico.

Se trata de responsabilidad.
Se trata de omisión.

Se trata, sin rodeos, de un ecocidio en curso.
La sierra de Las Choapas está enviando una señal urgente: el daño ya está hecho, pero aún puede agravarse. La pregunta no es si hubo fallas. La pregunta es quién responderá por ellas… y cuándo.

Redacción Reportaje Veracruzano

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