Ajedrez PolíticoAlerta RojaVeracruz

VERACRUZ: LA TIERRA QUE DEVORA A SUS HIJOS — FOSAS, SILENCIO Y UN ESTADO REBASADO

Mientras el discurso oficial presume gobernabilidad, bajo la tierra de Veracruz se acumula una verdad imposible de ocultar: miles de restos humanos sin nombre, sin justicia y sin respuesta.

Veracruz no solo carga con la tragedia de la violencia: la está enterrando… y mal. La versión de que podría tratarse de una de las zonas con fosas clandestinas más grandes de América Latina no es una exageración mediática, sino una posibilidad que se sostiene en datos duros, omisiones sistemáticas y una realidad que crece cada semana.

De acuerdo con registros acumulados de colectivos, fiscalías y organismos forenses, en el estado existen decenas de miles de restos humanos sin identificar, una cifra que diversas estimaciones sitúan cerca de los 75 mil fragmentos óseos y cuerpos en rezago forense, resultado de años de violencia, desapariciones y colapso institucional. No todos pertenecen a una sola fosa, pero sí dibujan un mapa de horror extendido: Veracruz como una fosa en sí misma.

El problema no es nuevo, pero sí cada vez más grave. Casos como Colinas de Santa Fe, Arbolillo o La Guapota ya habían colocado al estado en el foco internacional. Sin embargo, lo que hoy ocurre es aún más perturbador: los hallazgos no se detienen y la autoridad no alcanza.

En regiones como las Altas Montañas, colectivos de búsqueda —entre ellos Solecito y Familias de Orizaba-Córdoba— siguen encontrando puntos de inhumación clandestina. Lo hacen sin presupuesto suficiente, sin seguridad garantizada y, en muchos casos, sin acompañamiento institucional efectivo. Es decir: madres, padres y hermanos escarbando la tierra que el Estado dejó de mirar.

La pregunta incómoda es inevitable:

¿Dónde está el gobierno?

La administración estatal encabezada por Rocío Nahle enfrenta un escenario que ya no admite discursos ni promesas recicladas. La crisis forense en Veracruz no solo es un tema de seguridad, sino de derechos humanos, de justicia colapsada y de una estructura que ha sido incapaz de responder al tamaño de la tragedia.

Porque aquí no solo se trata de fosas:
se trata de identidades borradas, de expedientes congelados, de laboratorios saturados y de familias condenadas a buscar con sus propias manos.
Las cifras oficiales suelen fragmentar la realidad: hablan de cuerpos, de restos, de indicios. Pero en el terreno, cada hallazgo representa una historia truncada. Y mientras los números se administran en oficinas, la tierra sigue hablando… y gritando.

Especialistas en temas forenses han advertido desde hace años que México enfrenta una crisis estructural en identificación humana. Veracruz es uno de los epicentros. La falta de capacidad pericial, el rezago en análisis genéticos y la desarticulación entre instituciones han convertido el proceso de identificación en un laberinto interminable.

Y en ese laberinto, el tiempo es otro enemigo:
cada día que pasa, los restos se degradan, las pruebas se pierden y la posibilidad de justicia se diluye.

Lo más devastador no es solo la magnitud del horror, sino la normalización. La noticia de nuevas fosas ya no sacude como antes. Se ha vuelto rutina. Y esa es, quizá, la señal más clara de un Estado rebasado: cuando el espanto deja de sorprender.
Hoy, Veracruz no puede seguir maquillando su tragedia.

No mientras haya miles de restos sin nombre.
No mientras las familias sigan haciendo el trabajo que le corresponde al gobierno.

No mientras la tierra siga siendo más eficiente que las instituciones para revelar la verdad.
Porque cada fosa encontrada no solo exhibe a los criminales.

También desnuda la omisión.

Redacción Reportaje Veracruzano

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba