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Zenyasen Escobar: de bailar en table dance como Tarzan boy al curul, el viaje exótico de la política veracruzana

El salto de Zenyazen Escobar, de las pistas nocturnas a la Secretaría de Educación y el Congreso de la Unión, no es una historia de superación popular; es la radiografía exacta del compadrazgo y la degradación institucional que hoy estalla en el Pleno de San Lázaro

La política veracruzana se ha transformado, de un tiempo a la fecha, en una carpa de variedades donde el talento técnico y la preparación académica han sido sustituidos por la lealtad ciega y el histrionismo. El caso más emblemático de esta metamorfosis no necesita metáforas: se llama Zenyazen Roberto Escobar García. Hoy diputado federal, ayer flamante secretario de Educación de Veracruz, y antes de eso, una figura conocida bajo el pseudónimo de «Tarzan Boy» en el club nocturno Titanic.

El origen laboral de cualquier ciudadano es, por principio, respetable si es lícito. El problema no radica en el pasado de Escobar García sobre las pistas de baile exótico, sino en el perverso criterio de selección que lo catapultó a la cima del sector público. Fue el exgobernador Cuitláhuac García Jiménez quien, en un arrebato de audacia clientelar, «descubrió» al personaje durante las revueltas del Movimiento Magisterial Popular Veracruzano (MMPV) y decidió que el perfil ideal para manejar el millonario presupuesto educativo del estado, y definir el futuro de millones de niños veracruzanos, era el de un operador de masas con nula experiencia pedagógica pero con una enorme deuda de gratitud.

El resultado de esos experimentos de casting político está a la vista. Esta semana, durante la maratónica y crucial sesión extraordinaria en la Cámara de Diputados, el país entero presenció el verdadero rostro de la improvisación legislativa. Entre empujones a su propia bancada, gritos desafiantes y un zafarrancho que avergonzaría a cualquier cantina de puerto, el diputado Escobar García retó a golpes a la oposición.

Las acusaciones de ebriedad resonaron en el Pleno, contenidas apenas por la cómica defensa de un termo de café que la oposición exigía someter a peritaje. Días antes, el nombre del legislador ya flotaba en el ambiente tras el misterioso incendio de un lujoso yate en la Riviera Veracruzana; un siniestro del que se deslindó argumentando que, coincidentemente, pasaba por ahí en una moto acuática para actuar como improvisado rescatista. La opulencia y el escándalo parecen ser ahora su hábitat natural.

Veracruz asiste al colofón de un sexenio de ocurrencias. La conducta pendenciera en San Lázaro no es un hecho aislado, sino la consecuencia lógica de encumbrar a quien no posee más credencial que el favor del gobernante en turno. Al final de la jornada, la sabiduría popular se impone con un realismo aplastante: no tiene la culpa el teibolero, sino quien lo hizo diputado.

La factura de haber convertido la educación y la legislatura en un premio de consolación o en un feudo de complicidades la sigue pagando un estado que, entre la violencia y el rezago, observa cómo sus representantes cambian las luces de neón por los reflectores de la tribuna nacional, manteniendo exactamente el mismo nivel de espectáculo.

Redacción Reportaje Veracruzano

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