Fe que camina entre heridas: Viacrucis en Orizaba se convierte en grito social por la región olvidada

Orizaba, Ver.– No fue solo una procesión. Fue un espejo incómodo. En pleno corazón de Orizaba, cientos de fieles salieron a las calles en el tradicional Viacrucis de Viernes Santo, pero lo que se vivió no quedó en lo litúrgico: fue una sacudida de conciencia frente a la realidad que golpea a la zona centro del estado.
Desde la Rectoría y Santuario Diocesano de Nuestra Señora del Carmen, la procesión avanzó por templos emblemáticos como Santa María de los Servitas, El Calvario y San Antonio de Padua. Encabezados por el obispo Eduardo Cervantes Merino, junto a los sacerdotes Demetrio Landa González y Román Elías Oficial Gil, los participantes recorrieron las 14 estaciones cargando algo más que símbolos religiosos: cargaban el peso de una región herida.
Cada estación del Viacrucis no solo evocó la Pasión de Cristo; también retrató la crudeza del presente. Violencia en municipios cercanos, pobreza persistente, desapariciones que no cesan y comunidades atrapadas en la vulnerabilidad fueron nombradas sin rodeos. La fe, lejos de evadir la realidad, la enfrentó de frente.
Las oraciones se transformaron en un acto de memoria y denuncia: por los desaparecidos que no regresan, por los migrantes que cruzan en la incertidumbre, por las mujeres violentadas, por los adultos mayores olvidados y por familias que sobreviven en el abandono institucional. No fue un ritual aislado, fue una narrativa viva de lo que ocurre en las Altas Montañas.
“Procuremos ser el Buen Samaritano”, resonó una y otra vez. Pero el mensaje no quedó en lo simbólico. Fue un llamado directo a la acción: a no reducir la fe a templos ni fechas, sino a convertirla en respuesta concreta ante la injusticia cotidiana.
El Viacrucis también puso el foco en la familia, señalándola como el primer espacio donde se construye o se fractura la sociedad. En medio de un entorno marcado por la descomposición social, se insistió en recuperar valores como el respeto, la empatía y la solidaridad.
En este Viernes Santo, Orizaba no solo revivió una tradición religiosa. Expuso, sin maquillaje, la realidad de una región donde el dolor dejó de ser excepción para convertirse en rutina. Y en medio de esa oscuridad, la fe salió a las calles no para consolar, sino para exigir conciencia.
Redacción Reportaje Veracruzano



