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Capoacán: el pueblo donde el miedo dejó de esperar al gobierno

En la ribera turbia del río Coatzacoalcos, donde las lanchas aún cruzan entre comunidades marcadas por el abandono y el silencio, la desaparición del joven ganadero Diego Uriel Valenzuela García volvió a abrir una herida que en Minatitlán nunca terminó de cerrar.
No fue un secuestro cualquiera.
Fue un mensaje.

Hombres armados interceptaron al conocido productor rural entre la tarde del viernes y el sábado, cerca del arranque del transbordador Mezcalapa I, en la zona de Capoacán. Testigos hablan de disparos, vehículos atravesados y un comando que actuó con la tranquilidad de quien sabe que domina el territorio.

Desde entonces, la incertidumbre cayó como sombra sobre Sánchez Taboada, una comunidad acostumbrada a sobrevivir entre rumores de violencia, robo de combustible, tráfico de drogas y disputas que pocas veces llegan a los expedientes oficiales, pero que todos conocen.

La tarde de este lunes, el hallazgo de un cuerpo flotando sobre las aguas del río Coatzacoalcos estremeció aún más a la región. Hasta el cierre de esta edición, las autoridades ministeriales no habían confirmado si se trata del joven ganadero desaparecido o de otra persona reportada como no localizada en la misma zona.

Pero en Capoacán, la espera dejó de ser paciencia y comenzó a transformarse en furia.

Porque mientras las autoridades guardaban silencio, civiles armados comenzaron a patrullar caminos rurales, retenes improvisados aparecieron entre brechas y rancherías, y el nombre de las autodefensas volvió a pronunciarse en voz baja, como ocurre en los territorios donde el Estado empieza a perder presencia y la población decide llenar el vacío.

Los habitantes hablan con miedo, pero también con cansancio. Cansancio de vivir bajo amenaza. Cansancio de ver desaparecer vecinos. Cansancio de sentirse solos.

Y es precisamente ahí donde esta historia deja de ser solamente policiaca para convertirse en algo más profundo: un retrato brutal del abandono rural en Veracruz.

Sánchez Taboada no es cualquier comunidad. Su nombre arrastra una memoria oscura desde 1985, cuando el asesinato de 20 agentes judiciales convirtió a la zona en símbolo nacional de violencia y narcotráfico. Décadas después, el lugar vuelve a ser noticia bajo las mismas coordenadas: hombres armados, territorios disputados, cuerpos flotando en el río y comunidades atrapadas entre el miedo y la supervivencia.

En las últimas horas también trascendió de manera extraoficial la presunta retención de al menos tres personas relacionadas con los hechos. Más tarde, dos individuos presuntamente privados de su libertad fueron hallados en el malecón de Minatitlán, uno de ellos herido por arma de fuego, detonando nuevos operativos de seguridad.

La pregunta que hoy recorre las comunidades del sur de Veracruz ya no es solamente quién secuestró a Diego Uriel Valenzuela.

La pregunta real es otra:

¿quién gobierna realmente en Capoacán?

Porque cuando la población comienza a organizarse armada, cuando las autoridades “mejor ni se meten”, y cuando los ciudadanos sienten que defenderse solos es la única alternativa, el problema deja de ser un hecho criminal aislado y se convierte en una señal de fractura institucional.

En medio de todo, las familias rurales siguen resistiendo. Los ganaderos que aún trabajan la tierra.

Los pescadores que encontraron el cuerpo en el río.

Las madres que esperan noticias. Los vecinos que no duermen mientras escuchan motores en la madrugada.

Ellos son los que sostienen la región mientras el terror intenta imponer sus reglas.

Y quizá esa sea la escena más poderosa de esta historia: comunidades enteras negándose a desaparecer pese al miedo.

Porque el sur de Veracruz no solamente está cansado de la violencia.

Está cansado de sentirse olvidado.

Redacción Reportaje Veracruzano

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