La juventud veracruzana ya no sueña con Veracruz

Hay una tragedia silenciosa creciendo en Veracruz.
No hace ruido como las balaceras. No deja patrullas ni cintas amarillas. No aparece todos los días en las conferencias oficiales. Pero está vaciando lentamente el alma del estado.
La juventud veracruzana ya no sueña con quedarse aquí.
Hoy, miles de jóvenes en ciudades como Poza Rica, Coatzacoalcos, Xalapa o Córdoba ya no hablan de construir un futuro en su tierra. Hablan de escapar.
Irse a Monterrey.
Irse a Querétaro.
Irse a Cancún.
Irse a Estados Unidos.
Porque para muchos jóvenes, Veracruz dejó de representar oportunidad y comenzó a representar sobrevivencia.
La estadística ya comenzó a reflejar el desencanto.
De acuerdo con cifras recientes del INEGI, el 44.5% de la población veracruzana vive en situación de pobreza, colocando al estado entre los más golpeados del país. Además, Veracruz ocupa el cuarto lugar nacional en pobreza extrema.
Pero el problema más peligroso no es únicamente la pobreza.
Es la pobreza combinada con desesperanza.
Porque un joven puede soportar carencias si cree que el futuro mejorará. Lo devastador ocurre cuando deja de creer.
Los datos laborales muestran una realidad alarmante: aunque la desocupación oficial aparenta ser baja, el verdadero problema es la precariedad. Veracruz mantiene altos niveles de subocupación, informalidad y empleos mal pagados. La tasa de informalidad ronda el 70%, una de las más elevadas del país.
Es decir: sí hay trabajo…
pero trabajo que no alcanza para vivir.
Trabajo sin prestaciones.
Sin estabilidad.
Sin futuro.
INEGI también reportó que cerca del 46.6% de los trabajadores veracruzanos no ganan lo suficiente ni siquiera para adquirir la canasta alimentaria básica.
Y ahí nace la fractura emocional de toda una generación.
Porque mientras un joven estudia durante años esperando progresar, la realidad le responde con salarios miserables, rentas imposibles y ciudades deterioradas.
Entonces aparece la pregunta más dolorosa:
“¿Para qué me quedo?”
Muchos jóvenes veracruzanos crecieron viendo cerrar negocios, caer industrias y deteriorarse sus ciudades. En lugares que alguna vez fueron motores económicos, hoy abundan locales vacíos, calles destruidas y colonias donde la inseguridad obliga a vivir con miedo.
El caso de Poza Rica es simbólico.
Una ciudad petrolera que alguna vez representó prosperidad y movilidad social, hoy enfrenta fuga de inversión, deterioro urbano y pérdida de oportunidades para nuevas generaciones.
Y cuando el futuro legal parece bloqueado, otras rutas comienzan a seducir.
El crimen organizado entiende perfectamente algo que muchos gobiernos ignoran: un joven sin esperanza es terreno fértil.
Por eso el verdadero riesgo para Veracruz no solamente es económico.
Es social.
Es psicológico.
Es generacional.
Una generación que deja de creer en su estado termina desconectándose emocionalmente de él.
Y cuando los jóvenes ya no sienten pertenencia, comienzan a irse los talentos, las ideas, los emprendimientos y la energía que podría transformar la entidad.
Sí, existen avances y programas sociales. Sí, también hay indicadores que muestran mejoras en algunos rubros de pobreza respecto a años anteriores.
Pero sería un error monumental creer que el problema está resuelto.
Porque el gran termómetro no son solamente las cifras oficiales.
Es la conversación cotidiana de los jóvenes.
Y hoy, demasiados jóvenes en Veracruz ya no preguntan cómo crecer aquí.
Preguntan cómo irse.
Ese debería ser el dato más alarmante para cualquier gobierno.
Porque un estado comienza a perder el futuro cuando su juventud deja de imaginarlo dentro de él.
Opinión de Marco Antonio Palmero Alpirez



