Coatzintla, Ver.— No fue solo una bolsa negra. Fue el síntoma brutal de un municipio que parece haber normalizado el horror. La tarde de este viernes 10 de abril, alrededor de las 19:00 horas, el terror volvió a asomarse sin pudor sobre el libramiento Bicentenario, en el tramo que conecta con Poza Rica: una bolsa abandonada a la orilla del camino encendió las alarmas. Dentro, un hombre sin vida.
Automovilistas, con el instinto afinado por la violencia que ya no sorprende, marcaron al 911 ante la sospecha de lo peor. No se equivocaron.

El despliegue policial no tardó. Elementos estatales y municipales llegaron hasta las inmediaciones de la colonia De la Mujer y confirmaron la escena: un cadáver envuelto en el anonimato de una bolsa negra.
El área fue acordonada, la circulación colapsó en ambos sentidos y, como siempre, la rutina de la muerte obligó a los ciudadanos a tomar rutas alternas, desviando no solo su camino, sino su indignación.
Mientras peritos criminalistas y agentes ministeriales de la Fiscalía General del Estado levantaban los restos y las evidencias para trasladarlos al Servicio Médico Forense —donde el cuerpo espera recuperar su nombre—, la pregunta que se impone no es quién era la víctima, sino en qué se ha convertido Coatzintla.
Porque este hecho no ocurre en el vacío. Ocurre bajo la administración del alcalde Jorge Alanís, quien, tras el hallazgo, promete “reforzar la seguridad”. La misma promesa reciclada que se repite cada vez que la violencia exhibe la fragilidad del gobierno municipal.
Pero hay un dato que no puede ni debe enterrarse junto con la víctima: el actual comandante de la policía municipal, Ángel Ramírez Rivera, no es un nombre limpio. Su historial pesa. Entre 2013 y 2016 estuvo recluido en el penal de Pacho Viejo tras operativos de la Marina. Hoy, ese pasado no aclarado lo coloca al frente de la seguridad de miles de ciudadanos.
La pregunta es inevitable y brutal:
¿Quién cuida a Coatzintla cuando quien debe garantizar la seguridad carga con antecedentes de ese calibre?
El alcalde guarda silencio. No hay explicaciones, no hay postura, no hay deslinde. Solo un vacío institucional que se vuelve cómplice por omisión.
El cadáver en la bolsa no solo revela un crimen; expone un sistema debilitado, una autoridad cuestionada y una ciudadanía atrapada entre el miedo y la desconfianza.
Hoy fue una bolsa negra.
Mañana, ¿qué más tendrá que aparecer para que alguien rinda cuentas?
Redacción Reportaje Veracruzano

