ASFIXIADO, ATADO Y ABANDONADO: EL CRIMEN DEL DOCTOR MONTERO DESNUDA LA IMPUNIDAD QUE CARCOME A POZA RICA

Poza Rica, Veracruz.— No fue una muerte cualquiera. Fue un mensaje. Un acto ejecutado con método, con violencia contenida y con una brutalidad que no admite matices: al doctor José Antolín Montero Alpírez lo silenciaron quitándole el aire.
Los resultados de la necropsia de ley son tan fríos como contundentes: asfixia mecánica por sofocación. Es decir, alguien decidió, de forma deliberada, cortar su respiración hasta extinguirla. No hubo accidente. No hubo error. Hubo intención.
El cuerpo del médico —reconocido en la región y exdirector del Hospital Regional de Poza Rica en 2012— fue localizado entre la maleza, en la colonia Veracruz, detrás del CECATI. Estaba atado de manos y pies. El rostro, encintado. El cuerpo, marcado por huellas de violencia. La escena no deja espacio a interpretaciones ingenuas: fue sometido, inmovilizado y ejecutado.
La narrativa oficial habla de “investigación en curso”. Pero los hechos, por sí solos, ya gritan una verdad incómoda: en Poza Rica, un profesionista de alto perfil puede ser privado de la libertad —presuntamente desde la colonia Chapultepec—, desaparecer durante días y terminar asesinado de una forma que recuerda métodos de control, castigo o advertencia.
La pregunta no es solo quién lo hizo. La pregunta es cómo.
¿Cómo es posible que un secuestro de estas características ocurra sin respuesta inmediata?
¿Cómo se traslada, se somete y se ejecuta a una persona sin que haya rastros, testigos efectivos o intervención oportuna?
¿Cómo es que el cuerpo aparece abandonado como si la ciudad misma hubiera normalizado el horror?
Este crimen no ocurre en el vacío. Se inscribe en una geografía donde la violencia ya no sorprende, pero sí sigue indignando. Una región donde la desaparición de personas se vuelve rutina burocrática y donde los cuerpos, cuando aparecen, lo hacen hablando el lenguaje más crudo de la impunidad.
El asesinato del doctor Montero no solo ha sacudido a la comunidad médica; ha expuesto, una vez más, la fragilidad de cualquier ciudadano frente a estructuras que operan con precisión y, hasta ahora, con una alarmante capacidad de evadir consecuencias.
La Fiscalía General del Estado mantiene abierta la carpeta de investigación. Pero en un entorno donde los expedientes suelen acumular polvo más rápido que justicia, la sociedad no está pidiendo protocolos: está exigiendo resultados.
Porque aquí no solo mataron a un hombre.
Aquí asfixiaron, una vez más, la confianza en las instituciones.
Y el silencio, como en este caso, también mata.
Redacción Reportaje Veracruzano



