VERACRUZ: CUANDO EL PODER LE PUSO CANDADO A LAS PREGUNTAS

La transformación prometió abrir puertas.
Pero en Veracruz, para muchos periodistas, la sensación es exactamente la contraria: puertas cerradas, filtros multiplicados, acceso restringido y preguntas que cada vez parecen tener menos espacio.
Este 7 de junio, Día de la Libertad de Expresión, la discusión ya no debería concentrarse únicamente en si existe censura formal o no. La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿Puede existir libertad plena de prensa cuando el acceso al poder depende de autorizaciones, filtros institucionales y discrecionalidad política?
Porque la libertad de expresión no comienza cuando se publica una nota.
Comienza mucho antes.
Comienza cuando un reportero puede preguntar.
Cuando puede acercarse.
Cuando puede insistir.
Cuando puede incomodar.
Y precisamente ahí es donde aparecen las dudas.
Morena llegó prometiendo romper viejas prácticas políticas. Prometió cercanía, prometió gobiernos abiertos, prometió escuchar.
Pero hoy, para numerosos comunicadores veracruzanos, la realidad parece describir algo distinto:
Menos acceso.
Menos contacto.
Más filtros.
Más distancia.
Durante años, el Palacio de Gobierno funcionó como un espacio donde reporteros podían perseguir declaraciones, interceptar funcionarios, buscar respuestas y cuestionar directamente.
Hoy, numerosos periodistas describen otra realidad: accesos restringidos, entrevistas administradas, secretarios prácticamente invisibles y comunicación centralizada.
La información dejó de circular.
Comenzó a administrarse.
Y cuando la información se administra, inevitablemente surge una pregunta:
¿Quién decide qué puede preguntarse?
¿Quién decide quién pregunta?
¿Quién decide quién obtiene respuesta?
La preocupación aumenta cuando se observa que ni siquiera existen reglas públicas claramente establecidas para determinar la participación en conferencias oficiales.
Sin reglas transparentes, aparece la discrecionalidad.
Y la discrecionalidad siempre representa un riesgo.
Porque cuando no existen criterios visibles, el ciudadano nunca sabe si presencia un ejercicio democrático… o una escenografía cuidadosamente controlada.
Lo preocupante no son únicamente las declaraciones polémicas.
No es solamente hablar de “exceso de libertad de expresión”.
No es únicamente llamar “carroñeros” a periodistas.
No es únicamente afirmar que quienes critican no tendrán convenios.
El problema aparece cuando las palabras coinciden con restricciones físicas, filtros institucionales y distanciamiento creciente.
Ahí deja de parecer casualidad.
Y comienza a parecer sistema.
Mientras ocurre esta discusión, el contexto tampoco ayuda.
La violencia continúa golpeando al gremio periodístico.
Existe al menos un periodista asesinado durante la actual administración estatal.
Existen casos recientes de comunicadores desaparecidos o privados de la libertad.
Cientos de agresiones contra periodistas continúan documentándose.
Frente a ese escenario, cerrar espacios nunca parece una buena señal.
Porque la prensa no existe para agradar gobiernos.
No existe para producir aplausos.
No existe para decorar conferencias.
Existe para preguntar.
Existe para verificar.
Existe para incomodar.
Y precisamente por eso resulta preocupante cualquier escenario donde el periodista crítico parezca cada vez menos bienvenido.
Porque cada puerta cerrada a un periodista termina cerrándose también para los ciudadanos.
Cada pregunta ignorada es información negada.
Cada filtro adicional debilita uno de los pocos contrapesos reales frente al poder.
La verdadera prueba democrática jamás aparece cuando un gobierno escucha elogios.
Aparece cuando escucha aquello que preferiría no escuchar.
Y entonces queda la pregunta que quizá incomoda más que todas:
Si las puertas ya comenzaron a cerrarse…
¿Qué sigue?
Por Marco Antonio Palmero Alpirez
Reportaje Veracruzano



