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CÓRDOBA: CUANDO EL PODER SE VISTE DE VANIDAD Y LE DA LA ESPALDA A SUS MUERTOS

Anaversa no solo exhibe una tragedia química: hoy desnuda la indiferencia de un gobierno que convirtió el luto en espectáculo

CÓRDOBA, VER.— No fue solo una mala elección de vestuario. Fue un síntoma. Un mensaje. Una radiografía brutal del poder local.

Treinta y cinco años después de que una nube tóxica convirtiera a Córdoba en un infierno silencioso, la ciudad volvió a reunirse para recordar a sus muertos. Pero lo que debía ser un acto de memoria terminó revelando algo aún más perturbador: la profunda desconexión entre el dolor de un pueblo y la frivolidad de quien lo gobierna.



El alcalde Manuel Alonso Cerezo no llegó a acompañar el duelo. Llegó a protagonizarlo.

Mientras las familias cargan décadas de cáncer, enfermedades crónicas y muertes que nunca fueron reconocidas plenamente, el edil apareció envuelto en una estética calculada, ajena al peso histórico del momento. No hubo solemnidad visible. No hubo empatía palpable. Hubo distancia. Y en política, la distancia frente al dolor colectivo no es torpeza: es desprecio.



Pero el problema no empieza ni termina en un atuendo.

La conmemoración del 35 aniversario de ANAVERSA —una de las tragedias industriales más graves del país— dejó al descubierto algo más grave que un error de protocolo: una política municipal vacía, construida para la imagen y no para la memoria.

Diversos reportes periodísticos coinciden en un señalamiento demoledor: la administración municipal convirtió la ceremonia en un acto superficial, marginando a víctimas y evadiendo responsabilidades.
No es percepción. Es patrón.



De acuerdo con esas versiones, los afectados no solo fueron ignorados: fueron deliberadamente excluidos del centro del acto. La memoria fue desplazada por la escenografía. El dolor, reducido a un trámite institucional. Y la tragedia, utilizada como telón de fondo para una narrativa política sin sustancia.



Eso no es un error. Es una decisión.

Porque gobernar también implica decidir a quién escuchas… y a quién invisibilizas.

Y en Córdoba, a 35 años de ANAVERSA, el mensaje parece claro: las víctimas estorban cuando incomodan.

Lo más grave es que esto ocurre en una ciudad donde la tragedia no ha terminado. La explosión de 1991 no es un recuerdo lejano: es una crisis de salud pública que sigue respirando en cada diagnóstico de cáncer, en cada familia rota, en cada exigencia de un hospital oncológico que sigue sin construirse.



Aun así, el gobierno municipal no ha logrado articular una postura firme, ni un plan serio, ni una defensa real de las víctimas. Silencio. Evasión. Simulación.

Exactamente lo que la historia de ANAVERSA ha padecido durante décadas.

Y entonces surge la pregunta incómoda:

¿Para qué sirve un alcalde que no puede —o no quiere— estar a la altura del dolor de su propia ciudad?
Porque esto no se trata de imagen pública. Se trata de humanidad.



Testimonios y antecedentes señalan que incluso durante campaña se habrían asumido compromisos con los afectados que hoy parecen diluidos en el ejercicio del poder.

Promesas que se las llevó el tiempo. O el cálculo político.

Hoy, Córdoba no enfrenta solo el fantasma de ANAVERSA. Enfrenta algo más peligroso: la normalización de la indiferencia.



Un gobierno que administra ceremonias, pero no justicia.

Que posa, pero no responde.

Que aparece, pero no escucha.

Y mientras tanto, la herida sigue abierta.

La planta sigue ahí.

El fideicomiso sigue desaparecido.

Los enfermos siguen esperando.

Y los muertos… siguen sin justicia.

Lo verdaderamente devastador no es que un alcalde se equivoque.



Es que no entienda la magnitud de su error.

Porque en Córdoba, el 3 de mayo no es una fecha más.

Es un recordatorio de lo que pasa cuando el poder falla.

Y hoy, 35 años después, la historia parece repetirse.
Solo que esta vez, no hubo explosión.

Hubo algo más silencioso…

pero igual de indignante: la ausencia de sensibilidad.

Redacción Reportaje Veracruzano

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